viernes, octubre 27, 2017

El cuento de la Hormiga Valiente

Como ya os conté durante el mes de Agosto pasado, a mi hacker & mi survivor les lleno la cabeza de historias y cuentos. Muchas de esas historias, como dice mi survivor, son salidas de "mi boca". De ahí nacieron las aventuras del Dragón Matías o la historia del Gigante de los juguetes. Pero son muchas y no quiero que se me olviden. A mi hacker, que ya me hace proyectos en Arduino, le gusta que adorne las historias con detalles que le hagan vivirla en primera persona y se las cuento en versión más larga y a veces en varias partes. A mi survivor le vale con que lleguemos a la parte chula de la historia, que en este caso es fácil de detectar.

Figura 1: El cuento de la Hormiga Valiente

En esta que os voy a contar, si eres papá, seguro que encuentras rápido la moraleja que les inyecto y, como te podrás imaginar, mi survivor disfruta imaginando que es la Niña Traviesa mientras yo le voy haciendo de Hormiga Valiente subiendo por las piernas. Espero que os guste la historia y, lo que es más importante, que le guste a vuestr@s hackers & survivors si algún día se la contáis.

Saludos Malignos!

El Cuento de la Hormiga Valiente

El Dragón Matías miraba con preocupación desde el lecho que se había construido al cobijo del Gran Árbol. Era un sitio cómodo sobre hierba verde donde le gustaba descansar cuando acampaban en el Bosque Grande. Siempre el mismo sitio. Era fresquito. Acorde a la temperatura corporal que necesitaba el gran dragón verde. El Dragón Matías era ya un dragón adulto, lejos de su etapa de juventud, pero el Fuego de los Dragones aún ardía con intensidad en su interior. Al igual que sucede en el corazón de los dragones más jóvenes que aún están llenos de pasión. El Dragón Matías era un dragón fuerte.

Miraba con preocupación porque el Rey Papá estaba triste y callado. Cabizbajo mirando a las chispas que caían en el suelo. Estaba sentado sobre una piedra cerca del pequeño fuego que habían construido en el claro del Bosque Grande donde pasarían la noche junto a las jóvenes Princesa Cassandra y Princesa Chiquitina. Ellas también callaban. Ellas también parecían tristes. Y enfadadas. Las dos fruncían el ceño tan fuertemente y cruzaban los brazos con tal intensidad que parecían estatuas. Y se daban la espalda. Habían discutido.

Era noche cerrada. La Luna, en fase de cuarto menguante, dejaba ver un cielo estrellado. El único sonido que se oía en la cercanía era el crepitar de las llamas y la rítmica respiración con humo que el Dragón Matías mantenía.

Con movimientos ecuánimes y diestros, el Dragón Matías se incorporó de su lecho bajo el Gran Árbol. Alzó la cola para no golpear a nada ni nadie y plegó sus grandes alas sobre su gran espalda para acercase despacio al círculo de silencio que se había construido alrededor del fuego. Buscó encontrar su sitio, y se sentó alrededor de las llamas mirando al Rey Papá, a la Princesa Casandra y a la Princesa Chiquitina con resignación por la situación en la que estaban.

Pasaron largos instantes que fueron pocos segundos y nadie dijo nada. Todos seguían igual. Inmutables. Tristes. Enfadados. Frunciendo ceños. Atando sus cuerpos con sus propios abrazos. Mirando en silencio el movimiento hipnótico del fuego. Y el Dragón Matías pensó que ya era suficiente. Se irguió en su cuerpo y con un medido aletear de sus grandes alas provocó una corriente de viento que apagó el fuego, dejando a la luz de la Luna en fase de cuarto menguante y las estrellas, la imagen que representaban esa noche el Rey Papá, la Princesa Cassandra y la Princesa Chiquitina.
- “¡Eh! ¿Qué haces Dragón Matías?”, protestó la Princesa Cassandra. 
- “¡Hace frío, Mati-itas!, ¿por qué has apagado el fuego?”, se quejó la Princesa Chiquitina
El Rey Papá se quedó simplemente sorprendido mirando a los ojos ardientes y sabios del gran dragón. El Dragón Matías comenzó a hablar despacio. Con el fuerte eco de su sonora voz grave. Echando un poco de llamas al fuego para encender otra vez la hoguera y calmar a las princesas una vez que había capturado su atención.
- “Os voy a contar una historia, porque creo que habéis perdido algo. Así que prestad atención. Es la historia de la Hormiga Valiente que tuvo que recuperar el bien más preciado del Hormiguero Risueño y que sorprendentemente un día desapareció por culpa de una Niña Traviesa. Y os voy a contar cómo lo recuperó. Así que abrid las orejas, dejad de fruncir el ceño y prestad mucha, mucha, mucha, mucha atención”.
El Hormiguero Risueño y las Risas Tintineantes

"Hace muchos años, cuando era un dragón muy joven, viajaba por todo el mundo. Eso me permitió conocer a muchos seres especiales. Uno de ellos fue una vieja hormiga que se llamaba la Hormiga Valiente. Ese no era el nombre que le habían puesto cuando nació en el Hormiguero Risueño, pero debido a que era fuerte, decidida y que nunca se dejaba paralizar por el miedo, la Hormiga Reina había accedido a cambiarle el nombre.

Vivía en su juventud en el Hormiguero Risueño donde todas las hormigas trabajaban en armonía para recoger alimento y jugar con la arena y el sol que tanto abundaba en la ladera de la montaña donde vivían al pie de un árbol. El Hormiguero Risueño era famoso por las Risas Tintineantes que se podían escuchar. Las hormigas eran felices y se las oía reír. Risas Tintineantes por todas partes. Siempre una sonrisa y una Risa Tintineante en la boca de una hormiga de aquel Hormiguero Risueño.

El tiempo pasaba feliz entre las Risas Tintineantes de las hormigas del Hormiguero Risueño, hasta que un día sucedió algo inesperado. El almacén del Hormiguero Risueño donde guardaban los alimentos fue destruido. La Niña Traviesa que merodeaba habitualmente por el bosque había cavado un agujero en la tierra jugando y había dejado al Hormiguero Risueño sin todos los alimentos que habían acumulado con tanto trabajo y esfuerzo. Se habían quedado sin nada. No fue por maldad, la Niña Traviesa solo jugaba como hacen los niños, pero sin darse cuenta había hecho daño al Hormiguero Risueño.

Las hormigas estaban desoladas. Tristes. Enfadadas. Preocupadas. Y empezaron a desesperar. No sabían qué hacer. No tenían idea de cómo solucionar ese problema. Y comenzaron a discutir entre ellas. Discutían porque no habían hecho el almacén en una ubicación más profunda. Discutían porque las hormigas guardianas no habían asustado a la Niña Traviesa. Discutían porque no habían hecho otro almacén en una ubicación a diferente. Discutían. Discutían. Discutían.

Y llegaron los ceños fruncidos. Y con los ceños fruncidos llegó la tristeza. Y con la tristeza llegó un silencio que se podía oír. Solo se oía el silencio. Nada más. Ya no había Risas Tintineantes en el Hormiguero Risueño. Ya no se podía oír ese dulce sonido que emitían las hormigas felices al reír. Había desaparecido junto con los alimentos. El Hormiguero Risueño ya no tenía Risas Tintineantes.

La Hormiga Reina y el Consejo de las Hormigas Sabias

La Hormiga Reina se dio cuenta de este hecho y convocó al Consejo de las Hormigas Sabias para resolver el problema. Había que conseguir recuperar no solo los alimentos de la despensa, sino que además tenían que recuperar las Risas Tintineantes o dejarían de ser para siempre el Hormiguero Risueño que habían sido hasta ese día.

Tras largo debate en el seno del Consejo de las Hormigas Sabias del Hormiguero Risueño que había convocado la Hormiga Reina, decidieron que la Niña Traviesa debía haberse llevado no solo el alimento de la despensa, sino que además se llevó su reserva de Risas Tintineantes. Así que necesitaban enviar en una misión de rescate a la Hormiga Valiente para que recuperase las Risas Tintineantes del Hormiguero Risueño de dónde las tuviera guardadas la Niña Traviesa.

El Consejo de las Hormigas Sabias llamó a la Hormiga Valiente para que fuera a la sala del trono de la Hormiga Reina del Hormiguero Risueño y le explicaron su difícil misión. Debía encontrar a la Niña Traviesa y recuperar las Risas Tintineantes del Hormiguero Risueño. Era una misión muy peligrosa. Solo la Hormiga Valiente sería capaz de traer las Risas Tintineantes de vuelta al Hormiguero Risueño.

La Hormiga Valiente, sin miedo, salió del Hormiguero Risueño con su Mochila de las Aventuras donde guardaba todo lo que la Hormiga Valiente podía necesitar. Pelo de un Mastín para atar cosas. Cortezas de pipa de girasol para cavar y picar cuando fuera necesario. Una gota de rocío envuelta en un pétalo de amapola para saciar la sed. Un trozo de bellota que usaría para alimentarse. Y salió en busca en Niña Traviesa.

La Niña Traviesa y la Hormiga Valiente

No tardó en localizar a la Niña Traviesa pues otra vez había salido a jugar a la ladera de la montaña donde se encontraba el Hormiguero Risueño. Saltaba, brincaba, botaba, bailaba mientras gritaba, lo que hacía difícil para la Hormiga Valiente acercarse a ella en ese momento. Así que esperó. Se tuvo que limitar a esperar a que la Niña Traviesa se tranquilizara un poco después de jugar. Y lo hizo al rato.

Como hacía muy buen día, la Niña Traviesa, cansada de saltar, brincar, botar, bailar y gritar, se tumbó a descansar en la hierba de la ladera de la montaña en la que se encontraba el Hormiguero Risueño al que ahora le faltaban las Risas Tintineantes. Se tumbó, cerró los ojos, y se quedó dormidita. Feliz. Contenta. Apaciguada por el dulce sueño que le llegó con el cansancio de jugar. Con una gran sonrisa apareciendo en la cara de la Niña Traviesa.

La Hormiga Valiente reconoció rápidamente esa sonrisa. La había visto muchas veces en las caras de las otras hormigas del Hormiguero Risueño cuando aún tenían Risas Tintineantes, así que supo de inmediato que la Niña Traviesa tenía Risas Tintineantes también. Solo había que descubrir dónde estaban las Risas Tintineantes y cómo podía recuperarlas para llevarlas de vuelta al Hormiguero Risueño.

Mientras tanto, el resto de las hormigas del Hormiguero Risueño había salido a la ladera de la montaña para ver a la Hormiga Valiente recuperar las Risas Tintineantes de la Niña Traviesa y estaban tensas. En primera línea estaba el Consejo de Hormigas Sabias y la Hormiga Reina. Observaban en la distancia viendo cómo la Hormiga Valiente se lanzaba a buscar las Risas Tintineantes comenzando por el pie de la Niña Traviesa.

La Hormiga Valiente miró en los zapatos y los calcetines de la Niña Traviesa, pero no había nada. Ahí no había rastro de ninguna Risa Tintineante. A lo sumo, debían haber sido una despensa pues aún se podía detectar el olor a queso curado por allí. De las Risas Tintineantes no había nada. Solo olor a queso.

La Hormiga Valiente continuó buscando por el cuerpo de la Niña Traviesa que aún dormía con una sonrisa gigante en la boca y comenzó a subir deprisa por la pierna. Primero revisó la pierna izquierda y luego la pierna derecha. Y aunque no había nada por allí, de repente pasó algo que capturó la atención de la Hormiga Valiente.

La Niña Traviesa se movió un poco y la Hormiga Valiente pudo escuchar algo parecido al inicio de una Risa Tintineante detrás suya. Como proveniente de alguna zona más arriba en la Niña Traviesa. Eso le hizo pensar a la Hormiga Valiente que las Risas Tintineantes del Hormiguero Risueño estaban cerca. Y se alegró un poco.

A lo lejos, las hormigas del Hormiguero Risueño, con la Hormiga Reina y el Consejo de Hormigas Sabias a la cabeza, miraban con cara de sorpresa y esperanza. Ellas también habían creído escuchar algo bajito. Muy bajito. Mantenían la ilusión de que fueran sus Risas Tintineantes. Esperaban. No. Deseaban que la Hormiga Valiente las trajera de regreso al Hormiguero Risueño.

La Hormiga Valiente subió por la cintura de la Niña Traviesa y se metió por dejado de la camiseta para ver si estaban escondidas por allí. Se movió rápido alrededor de la tripa de la Niña Traviesa buscando las Risas Tintineantes del Hormiguero Risueño. Y allí encontró algo. Era como la entrada a un hormiguero en el centro de la tripa de la Niña Risueña. Un agujero que había sido cerrado. Como anudado. Un misterio en la mitad de la tripa de la Niña Traviesa.
- “¡Ahá!, ahí deben estar las Risas Tintineantes bien guardadas” –, pensó la Hormiga Risueña.
Con nerviosismo empezó a buscar cómo abrir ese agujero, así que se movió rápido por toda la tripa de la Niña Traviesa. De izquierda a derecha. Arriba y abajo. En círculos alrededor de ese extraño agujero anudado. Y entonces sucedió todo. La Niña Traviesa comenzó a moverse y a emitir una Risa Tintineante. Solo una. La Hormiga Valiente se quedó quieta esperando que salieran más Risas Tintineantes. Pero la Niña Traviesa se volvió a quedar callada, sonriendo y dormida.

El baile de la Hormiga Valiente

La Hormiga Reina, el Consejo de Hormigas Sabias, y el resto de las hormigas del Hormiguero Risueño también oyeron esa Risa Tintineante y su cara cambió de expresión. Volvió a aparecer un atisbo de alegría en sus ojos. Las comisuras de sus labios se torcieron buscando la forma que tienen las bocas cuando aparecen las Risas Tintineantes.

La Hormiga Valiente se percató y en ese momento se dio cuenta de cómo podía sacar las Risas Tintineantes de la tripa de la Niña Traviesa y hacer que llegaran de nuevo al Hormiguero Risueño. Solo tenía que bailar sobre la tripa de la Niña Traviesa para que las Risas Tintineantes salieran no por ese extraño agujero anudado en el centro de la tripa, sino por la boca de la Niña Traviesa.

Así que la Hormiga Valiente se puso a bailar sobre la tripa de la Niña Traviesa. Bailó todo lo que sabía. Y cuanto más bailaba con sus patitas sobre la tripa de la Niña Traviesa, más Risas Tintineantes salían por la boca. Risas Tintineantes que cruzaban la ladera de la montaña donde estaba el Hormiguero Risueño para llegar hasta la Hormiga Reina, el Consejo de Hormigas Sabias y el resto de sus compañeras hormigas.

Y según llegaban las Risas Tintineantes, todas las hormigas sin excepción también reían y emitían más Risas Tintineantes en el Hormiguero Risueño. La Hormiga Valiente había conseguido recuperar la alegría y las Risas Tintineantes para que el Hormiguero Risueño fuera una vez más un Hormiguero Risueño.

El Dragón Matías y las Risas Tintineantes

La Princesa Cassandra y la Princesa Chiquitina ya no tenían el ceño fruncido. Tampoco tenían los brazos cruzados ni se daban la espalda. Tenían sus cabecitas apoyadas sobre sus manitas sostenidas por sus brazos acodados sobre sus rodillas. El Rey Papá estaba absorto escuchando la historia. Sabía que esto no había acabado aún.
- “¿Y qué paso después, Mati-itas?”, preguntó la Princesa Chiquitina.
El Dragón Matías continuó la historia mientras miraba con un poco de maldad al Rey Papá y las princesas.
- “Pues la Hormiga Valiente me dijo que con aquella aventura se dio cuenta de que las Risas Tintineantes no se las habían robado. Descubrió que simplemente las habían perdido. Pero que, gracias a la alegría de la Niña Traviesa, la Hormiga Valiente había aprendido algo mucho mejor. Había descubierto una forma de crear Risas Tintineantes”, continuó la historia el Dragón Matías.
- “¿Y cómo se crean, Dragón Matías?”, preguntó nerviosa y con los ojos muy, muy abiertos, la Princesa Cassandra.
- “No me lo dijo. Eso sí, me dijo que si en algún momento estaba con alguien que hubiera perdido sus Risas Tintineantes, que la llamara. Que ella sabía cómo hacer que se recuperasen. Así que la he tenido que llamar esta noche, y aquí está”, dijo el Dragón Matías.
Las niñas buscaban por todas partes a ver si veían a la Hormiga Valiente, pero no la veían. Mientras, el Dragón Matías con sus dos garras comenzó a simular que la Hormiga Valiente andaba por el suelo.
- “Aquí está la Hormiga Valiente, y vamos a ver quién tiene las Risas Tintineantes guardadas”, dijo mientras subía por la pierna del Rey Papá.
- “Dragón Matías, estate quieto que tengo cosquillas”, se quejó el Rey Papá en vano.
El Dragón Matías comenzó a hacer cosquillas en la tripa al Rey Papá que arrancó a reírse a carcajadas y revolcarse por el suelo, mientras que las princesas Cassandra y Chiquitina disfrutaban con la escena del ver al gran Dragón Matías haciéndole cosquillas al Rey Papá.
- “Vamos, ayudadme, que creo que el Rey Papá se ha cenado todas las Risas Tintineantes y hay que sacárselas de la tripa”, digo el Dragón Matías.
La Princesa Cassandra y la Princesa Chiquitina saltaron sobre el Rey Papá para hacerle cosquillas en la tripa, en el culete, en el sobaco y donde pillaban. Eran como dos Niñas Traviesas juntas saltando sobre el Rey Papá. Se reían todos. Y el Dragón Matías se apartó y volvió a su lecho debajo del Gran Árbol para ver la imagen del Rey Papá luchando con las princesas mientras le hacían cosquillas.

El Bosque Grande se llenó de Risas Tintineantes, y de un pequeño hormiguero al pie del Gran Árbol salió una hormiga. Vio al Dragón Matías, miró hacia el Rey Papá y las princesas y después se giró hacia el gran dragón otra vez.
- “Veo que les has contado mi secreto para crear Risas Tintineantes”, dijo la Hormiga Valiente.
El Dragón Matías sonrió y cerró los ojos plácidamente para escuchar el dulce sonido de las Risas Tintineantes.

FIN.

4 comentarios:

  1. Muy entretenida! Buenisimo cuento, mis hijos lo disfrutaran ;)

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  2. Buena relato. Buen domingo ��

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  3. Iba a escribir un artículo con la metáfora de que las hormigas son pequeñas, que me iba bien para el texto y me he encontrado con tu artículo.

    Me ha gustado la historia, te felicito.

    Por casualidades de la vida yo también soy informático (el mundo es un pañuelo).

    Te paso mi blog por si quieres echarle un ojo...

    https://davidnez.wordpress.com

    ¡Un abrazo!

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