domingo, junio 09, 2019

Un parón en mitad de año para contar segundos

Hoy tenía un artículo preparado para publicar sobre Deep Web, credenciales, y un poco de hacking que ha hecho un compañero de mi equipo. Los que ya me conocéis, sabéis que siempre los edito un poco. Los complemento con alguna idea, les añado alguna que otra referencia y algo de cosecha propia. Me gusta que los artículos que acaban saliendo en el blog tengan una impronta similar…

Figura 1: Un parón en mitad de año para contar segundos

Pero no lo he publicado. Lo he guardado para mañana. Hoy estoy en otro estado de ánimo. En un estado que tiene más con sacar sensaciones de dentro que de hablar de tecnología.

Estoy relajado. Exhausto. Cansado. Con la tripa calentita. Como cuando estás ese momento antes de desconectar el cerebro en un estado latente de relajación. Listo para entregarte al sueño. Un poco así. Como con ganas de tumbarme. Dejar que una manta me cubra. Bajar las pestañas. Cerrar los parpados. Poner el cerebro a bajas revoluciones. Y estar en paz con el mundo y conmigo mismo por el mero hecho de necesitar destensionar los músculos. Destensionar el cerebro. Poner a cargar la batería. Seleccionar el modo confort en conducción.

Estamos ya en el mes de Junio. Ya casi a mediados. Y sin embargo parece que fue ayer cuando comenzó el año. Parece que fue ayer mismo cuando hacía planes sobre lo que iba a hacer en los futuros meses de este año 2019. Y dentro de poco estaré pensando ya en lo que llega en 2020. El famoso veinte-veinte del que tanto se había hablado en años anteriores. La agenda veinte-veinte de los mentideros. Y ya estará aquí en nada ese año. Como cuando yo era niño y miraba el año 2.000 pensando que cuando llegara yo tendría 25 años y los coches volarían como lo hacen hoy los drones.

Llegan los años rápidos. Muy rápidos. Las cosas buenas y malas se quedan atrás deprisa mientras nado deprisa hacia delante moviendo el fondo de la pantalla para que salte el muñeco a lugares especiales. Una nueva fase que pasarse buscando las zonas ocultas que los hackers han dejado en los rincones del escenario. Las puertas secretas. Los objetos mágicos y los premios que se ocultan a los ojos de los malos jugadores. Los difíciles. Los especiales. Los que te hacen más feliz.

Mi día a día casi no me deja encontrar un minuto para estar como os he descrito al principio debajo de una manta. Hace años a lo mejor lo buscaba, pero desde que comencé mi etapa profesional asumí que yo no quería vivir las cosas a sorbos. Supongo que porque venía huyendo de cosas malas. Y me puse a correr como Forrest Gump. Y se metió en mí esa forma de vivir.

Por eso no soy de hacer que las cosas acabadas se alarguen artificialmente para que tengan más segundos innecesarios. Me gustaría que fuera así algunas veces. Y reconozco que algunos minutos los quiero exprimir para que esos sesenta segundos sean sesenta pedazos de segundos. Pero al minuto siguiente hay que volver a sacar los juguetes del cajón y volver a construir algo nuevo. Tirar abajo el castillo y hacer uno nuevo más grande. O más pequeño. Diferente. Más bonito. Más peligroso. Más auténtico. Y sobre todo, con una nueva idea. Ideas.

Una nueva idea que se te mete en la cabeza. Que te obliga a moverte. Que crece hasta ser una obsesión reclamando recursos en tu tiempo. En tu energía. Que te obliga a hacer algo más sobre todo lo que ya estás haciendo. Pero la quiero hacer y no puedo decir que no. Tiene vida propia en mi cabeza. Lo voy a hacer y punto. Y seguro que acabo compartiéndola con más gente. Y liándoles para que jueguen conmigo y con mi idea. Compartida una idea con más personas, esta crece.

Y esa idea puede ser ir a escalar un puerto con la bicicleta, asistir a concierto, escribir un cuento, organizar una visita a una exhibición de patines, hacer un dibujo, un esqueleto con encuadernadores, o crear un monstruo, aprender a cabalgar el skate, hacer un nuevo proyecto de tecnología – sea de hacking, AI o cualquier otra cosa - u organizar una comida con amigos. Lo que sea mientras sea divertido.

Al final, aprovechar los sesenta segundos para acabar con una sonrisa en la cara de puro cansancio. Acabar la semana diciendo eso de “Qué pedazo de semana”. No tener un hueco libre para meter algo más. Jugar con la agenda como un puzle haciendo magia. No perdiendo tiempo con cosas que sabes que no quieres hacer. Hacer que cada minuto cuente con algo para ti. Aunque sean remates en las grietas en soledad. Para un café. Para un “cuándo quedamos”. Para un “a pesar de la vorágine en la que me oculto, pensé en ti”. Para un un “qué necesitas” o un “bien hecho”. O un “vamos, que tú puedes”.

Y así lleno mis horas. Y mis horas llenan los días. Y mis días semanas. Y con ellas los años se pasan uno tras otro. Y otra vez estoy en el mes de Junio. El mes de mi cumpleaños. El mes en el que el contador cambia los números. Y lo celebro. Mucho. Lo celebro con mis amigos. Varias veces. Una comida. Una cena. Bañarse. Bici. Risas. Visitas. Con todo el que puedo. Algunas celebraciones son en ausencia el día de mi cumpleaños – este año me pilla de viaje y todo el mundo estará en ausencia -. Pero contaré seguro con la colonia de mi mamá. Y con muchos abrazos los días antes y después, que cualquier excusa es buena para recibir un abrazo.

Y hoy domingo no me apetecía hacking. Me apetece pintar. Me apetece ver a Rafa Nadal. Me apetecía escribir. Me apetecía pensar. Estar más en silencio con la voz y hablar mucho con los dedos. Disfrutar ese calorcito en la tripa que tengo por estar exhausto de hacer cosas en las que invierto mi tiempo y vacían el cajón de mis ideas - que parece que siempre se vuelve a llenar -. Para hacer que mis segundos cuenten, que yo no cuento mi edad por años, sino por segundos.

Saludos Malignos!

2 comentarios:

PapaPrimerizo.es dijo...

Feliz cumpleaños Chema. Que lo sigas disfrutando tanto.
Todos tenemos épocas con ganas de desconexión.
Un abrazo

Daniel dijo...

Chema, Chema... Que nos hacemos mayores... XD

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