Lap 51
Estaba planificando los posts de esta semana cuando he programado uno para el miércoles. Luego me he dicho, “¿cómo que para el miércoles? No puede ser para el miércoles, que es 17 de Junio. Tu cumpleaños, Chemita. Ya toca hacerse más mayor”. Y es cierto. Hoy es mi cumpleaños, pero la velocidad a la que voy haciendo cosas en mi vida, hace que se me pasen los días como cuando pasan los los postes de la carretera y los ves mirando por la ventana de un tren a toda velocidad.
No es porque corra por correr, sino porque la frecuencia de cosas que hago por unidad de tiempo es alta, así que nunca me quejo por ello. Pero sí, es muy alta. Antaño, cuando yo tenía veintitantos años hablaba con mis compañeros de batallas del “ritmo de combate” al que nos movíamos. Hoy en día, aquel ritmo de combate me parece un paseo comparado con lo que han sido los últimos cinco años de mi vida, porque lejos de reducirse, se ha multiplicado varias veces en intensidad.
No es que trabaje más horas, sino que la experiencia y la repetición de movimientos - aunque cambien los combates -, permite que la eficiencia de recursos que invierto sea cada vez mayor, y que pueda ajustar el tiempo exacto que dedico a cada cosa. Y eso lleva a que pueda hacer más cosas cada día comparado con lo que hacía hace unos años. No es magia. Es simplemente práctica, movimientos memorizados sobre muchas de mis actividades diarias. Escribir un articulo, preparar una charla, cerrar una negociación, estudiar algo nuevo, lanzar un proyecto, son actividades que he repetido tantas veces que tengo memorizados los pasos del baile.
Además, durante este último año he metido más diversión a mi vida con un cambios a muchos niveles. Trabajando en una empresa con un cultura totalmente nueva, viviendo en otro país, estudiando una nueva lengua, corriendo por la rivera del Tajo, disfrutando del Bacalhau a Brás, y cloudflariando el mundo de una manera totalmente nueva. Y para mejorarlo, con plena disrupción de nuestro sector gracias - que no por culpa - a la Inteligencia Artificial, la aceleración Post-Quantum, y el Internet de los Agentes AI. Un año divertido como no me podía imaginar, donde ademas asoman los robots de los que tanto he leído en las novelas de Isaac Asimov.
Desde mi cumpleaños pasado, donde celebré la llegada a los 50 años, hasta hoy he disfrutado de viajes y aventuras de todo tipo. He podido conocer a gente de todo el mundo, dado conferencias en Singapur, Viena, Londres, Lisboa, Costa Rica, Panamá o Estocolmo. Pero también en Barcelona, Zaragoza, A Coruña o mi querido Madrid. Pero eso ya os lo cuento en mi blog periódicamente y no hace falta que os ponga al día de lo que hago en mi día a día.
Todo esto ha hecho que haya quemado bien quemados los 50 años. Como debía hacer. Dice un amigo mío que a final de carrera hay que llegar con las ruedas en las lonas, y que si no es así, es que te has dejado mucho por hacer en cada vuelta. Yo estoy comenzando ya la Lap 51 y sigo coleccionando, como dice la canción de Sharp Edges, cicatrices en el cuerpo y en el alma. Marcas que me recuerdan lo que he vivido, y que llevaré hasta el final de mis días, al igual que mis cómics y mis libros. Son parte de mí. Son lo que me hacen recordar el hombre que fui, para poder despedirme de quién era, y poder mirar hacia el futuro para ver el hombre que soy y el que seré en mi última parte de la vida.
Además, teniendo en cuenta que lo hago con la libertad de que cada vez invierto más mi tiempo sólo cosas que quiero y me gustan hacer, y menos en cosas que tuviera que hacer por obligación o porque me las quisieran imponer. También es verdad que mi trabajo es mi pasión, y pagaría por hacer lo que hago, pero lo cierto es que cada vez selecciono más lo que quiero hacer y pienso más en el porqué lo quiero hacer, dejando menos que la inercia me lleve.
Desde la experiencia de la vida, miro al futuro pensando en lo que quiero que sean mis últimos años en la Tierra. Cómo es la persona que quiero ser en el tiempo que tengo ahora y por delante. Cómo deseo invertir mis años. Quién quiero ser para mí. Esto ha hecho que este año me haya dejado muchas reflexiones que aún tengo sin responder sobre mí. Evidentemente quiero disponer de mi tiempo para mí y hacer las cosas que yo quiera hacer en mi vida. Pero lo cierto es que haciendo retrospectiva, veo que llevo años haciendo justo eso. Viviendo en el medio del camino. Muchas veces, en mis carreras al lado del río me pregunto qué haría si no hiciera lo que hago. Y me quedo sorprendido en que hago lo que haría si tuviera todo el tiempo del mundo.
Cierto es que a veces exprimo mucho lo que me meto cada día, pero me gusta leer y leo mucho. Me gusta escribir y escribo mucho. Me gusta la tecnología y estoy todo el día con ella. Me gusta dar charlas, emprender proyectos, viajar, ir de concierto, hacer deporte, estudiar portugués, viajar, y lo hago. Me gusta lo que he hecho en mi vida. Me gusta lo que ha sido. Me gusta lo que es y lo que espero que sea por delante. Hago lo que haría.
Figura 1: Lap 51
No es porque corra por correr, sino porque la frecuencia de cosas que hago por unidad de tiempo es alta, así que nunca me quejo por ello. Pero sí, es muy alta. Antaño, cuando yo tenía veintitantos años hablaba con mis compañeros de batallas del “ritmo de combate” al que nos movíamos. Hoy en día, aquel ritmo de combate me parece un paseo comparado con lo que han sido los últimos cinco años de mi vida, porque lejos de reducirse, se ha multiplicado varias veces en intensidad.
No es que trabaje más horas, sino que la experiencia y la repetición de movimientos - aunque cambien los combates -, permite que la eficiencia de recursos que invierto sea cada vez mayor, y que pueda ajustar el tiempo exacto que dedico a cada cosa. Y eso lleva a que pueda hacer más cosas cada día comparado con lo que hacía hace unos años. No es magia. Es simplemente práctica, movimientos memorizados sobre muchas de mis actividades diarias. Escribir un articulo, preparar una charla, cerrar una negociación, estudiar algo nuevo, lanzar un proyecto, son actividades que he repetido tantas veces que tengo memorizados los pasos del baile.
Además, durante este último año he metido más diversión a mi vida con un cambios a muchos niveles. Trabajando en una empresa con un cultura totalmente nueva, viviendo en otro país, estudiando una nueva lengua, corriendo por la rivera del Tajo, disfrutando del Bacalhau a Brás, y cloudflariando el mundo de una manera totalmente nueva. Y para mejorarlo, con plena disrupción de nuestro sector gracias - que no por culpa - a la Inteligencia Artificial, la aceleración Post-Quantum, y el Internet de los Agentes AI. Un año divertido como no me podía imaginar, donde ademas asoman los robots de los que tanto he leído en las novelas de Isaac Asimov.
Desde mi cumpleaños pasado, donde celebré la llegada a los 50 años, hasta hoy he disfrutado de viajes y aventuras de todo tipo. He podido conocer a gente de todo el mundo, dado conferencias en Singapur, Viena, Londres, Lisboa, Costa Rica, Panamá o Estocolmo. Pero también en Barcelona, Zaragoza, A Coruña o mi querido Madrid. Pero eso ya os lo cuento en mi blog periódicamente y no hace falta que os ponga al día de lo que hago en mi día a día.
Todo esto ha hecho que haya quemado bien quemados los 50 años. Como debía hacer. Dice un amigo mío que a final de carrera hay que llegar con las ruedas en las lonas, y que si no es así, es que te has dejado mucho por hacer en cada vuelta. Yo estoy comenzando ya la Lap 51 y sigo coleccionando, como dice la canción de Sharp Edges, cicatrices en el cuerpo y en el alma. Marcas que me recuerdan lo que he vivido, y que llevaré hasta el final de mis días, al igual que mis cómics y mis libros. Son parte de mí. Son lo que me hacen recordar el hombre que fui, para poder despedirme de quién era, y poder mirar hacia el futuro para ver el hombre que soy y el que seré en mi última parte de la vida.
Además, teniendo en cuenta que lo hago con la libertad de que cada vez invierto más mi tiempo sólo cosas que quiero y me gustan hacer, y menos en cosas que tuviera que hacer por obligación o porque me las quisieran imponer. También es verdad que mi trabajo es mi pasión, y pagaría por hacer lo que hago, pero lo cierto es que cada vez selecciono más lo que quiero hacer y pienso más en el porqué lo quiero hacer, dejando menos que la inercia me lleve.
Desde la experiencia de la vida, miro al futuro pensando en lo que quiero que sean mis últimos años en la Tierra. Cómo es la persona que quiero ser en el tiempo que tengo ahora y por delante. Cómo deseo invertir mis años. Quién quiero ser para mí. Esto ha hecho que este año me haya dejado muchas reflexiones que aún tengo sin responder sobre mí. Evidentemente quiero disponer de mi tiempo para mí y hacer las cosas que yo quiera hacer en mi vida. Pero lo cierto es que haciendo retrospectiva, veo que llevo años haciendo justo eso. Viviendo en el medio del camino. Muchas veces, en mis carreras al lado del río me pregunto qué haría si no hiciera lo que hago. Y me quedo sorprendido en que hago lo que haría si tuviera todo el tiempo del mundo.
Cierto es que a veces exprimo mucho lo que me meto cada día, pero me gusta leer y leo mucho. Me gusta escribir y escribo mucho. Me gusta la tecnología y estoy todo el día con ella. Me gusta dar charlas, emprender proyectos, viajar, ir de concierto, hacer deporte, estudiar portugués, viajar, y lo hago. Me gusta lo que he hecho en mi vida. Me gusta lo que ha sido. Me gusta lo que es y lo que espero que sea por delante. Hago lo que haría.
Pero…¿será siempre así?
He decir que no me dan miedo los cambios. Los he tenido muchas veces en mi vida. Algunos por elección, otros por accidente, algunos por que el tablero gira o porque tú estabas ya disimuladamente mirando el siguiente paso del viaje cuando sale la oportunidad, y hay que decidirse en un minuto, o en un día, porque ahora es el momento. No soy un camarón que se duerme, debo decir. Nunca lo he sido.
La razón de esa forma de ser es que desde pequeño aprendí a ser autosuficiente. A no depender de los demás para vivir mi vida. A hacerme la cama, recoger mis cosas, y hacerme mi comida. Eso no quiere decir que no necesite estar con mi gente. Ni mucho menos. Pero sé que el único que debe cuidar de mi felicidad soy yo, y he procurado construirme en piedra y cuidar lo que me rodea. Sé que yo me tengo que ocupar de mi salud física y de hacer deporte. De mi salud mental cuidando mis hábitos, mis interpretaciones de la vida y tener cerca a los reguladores mentales y emocionales que son mi gente más cercanos, y que tengo que cuidarlos. De trabajar en construir mi vida para conseguir que lo que haga sea lo que me gusta. De ser valiente y tener siempre opciones, para que si algo no me gusta pueda cambiarlo. De si algo no puedo cambiarlo a corto, trabajar para poder cambiarlo a medio plazo dándome oportunidades. No espero que nadie venga a cambiarme las cosas para disfrutar mis días. Si hay que reorganizar el cuarto, me lo hago yo. Y si hay que ayudar a alguien, prefiero ser yo el que siempre esté allí para ayudar a otros. Necesitar menos de lo que puedo dar.
Así que, con 51 años, teniendo la suerte de haber podido hacer mucho más de lo que esperaba, quería o soñaba de niño que iba a ser mi vida - y que hubiera firmado seguro -, sigo disfrutando del viaje a ninguna parte que es esta divertida película que llamamos vida que no es más que una atracción de feria. Tú decides qué atracción. Yo sigo disfrutando del viento en la cara en ella. De las noches con la luz sobre el libro. De los dedos que teclean miles de teclas cada día. No quiero dejar caer el micrófono ahora y salir del escenario. Quiero volver a deshacer el mecano, el puzle y los legos para volver a hacer cosas otra vez. Tal vez mezclando todo, a ver qué sale. En otros países. En otros continentes. En otros lugares si toca. Pero también en casa. En mi querido Madrid al que añoro cada día que paso fuera. Jugar con piezas nuevas. Con nuevos juguetes.
La vida me ha dado mucho. Lazos fuertes. Fuertes uniones que he construido como las enredaderas, que es difícil saber donde están las raíces, por lo mucho que viajan, la cantidad de conexiones que hacen en su vida, pero si alguna se rompe, poder seguir descubriendo mundo. Ellas sí que se adaptan al mundo bien. Así es mi vida. Un desorden creciente de caos conectado por muchos rincones del mundo que me permite seguir creciendo. Un equilibro inestable de rutinas desordenadas que cuadran, sólo en mi cabeza, el puzle del tiempo en los minutos del reloj de mi día a día. Un día a día que construyen años. Muchos. 51.
Pero… sí que siento que esto, como los buenos conciertos, tiene que llegar a su fin en algún momento. Y antes quiero hacer balance. Quiero sentarme con calma y volcar en letras las cosas que no me he contado. Las emociones que he vivido. Las aventuras que me llevo en la piel. No creo que deje que sean para todo el mundo, pero serán para mí. Quiero volver a vivir muchas cosas de las que he vivido en mi cabeza. Volver a disfrutar de las emociones que tuve en cada uno de los momentos que han quedados en mi vida. Saborear cosas que por la velocidad de mi vida no me ha dado tiempo a analizar, saborear o disfrutar todo lo que debería. Es un deseo que tengo y una promesa que me he hecho. Contarme mi vida, volcando la visión que tenía entonces, con la visión al final de la serie.
He decir que no me dan miedo los cambios. Los he tenido muchas veces en mi vida. Algunos por elección, otros por accidente, algunos por que el tablero gira o porque tú estabas ya disimuladamente mirando el siguiente paso del viaje cuando sale la oportunidad, y hay que decidirse en un minuto, o en un día, porque ahora es el momento. No soy un camarón que se duerme, debo decir. Nunca lo he sido.
La razón de esa forma de ser es que desde pequeño aprendí a ser autosuficiente. A no depender de los demás para vivir mi vida. A hacerme la cama, recoger mis cosas, y hacerme mi comida. Eso no quiere decir que no necesite estar con mi gente. Ni mucho menos. Pero sé que el único que debe cuidar de mi felicidad soy yo, y he procurado construirme en piedra y cuidar lo que me rodea. Sé que yo me tengo que ocupar de mi salud física y de hacer deporte. De mi salud mental cuidando mis hábitos, mis interpretaciones de la vida y tener cerca a los reguladores mentales y emocionales que son mi gente más cercanos, y que tengo que cuidarlos. De trabajar en construir mi vida para conseguir que lo que haga sea lo que me gusta. De ser valiente y tener siempre opciones, para que si algo no me gusta pueda cambiarlo. De si algo no puedo cambiarlo a corto, trabajar para poder cambiarlo a medio plazo dándome oportunidades. No espero que nadie venga a cambiarme las cosas para disfrutar mis días. Si hay que reorganizar el cuarto, me lo hago yo. Y si hay que ayudar a alguien, prefiero ser yo el que siempre esté allí para ayudar a otros. Necesitar menos de lo que puedo dar.
Así que, con 51 años, teniendo la suerte de haber podido hacer mucho más de lo que esperaba, quería o soñaba de niño que iba a ser mi vida - y que hubiera firmado seguro -, sigo disfrutando del viaje a ninguna parte que es esta divertida película que llamamos vida que no es más que una atracción de feria. Tú decides qué atracción. Yo sigo disfrutando del viento en la cara en ella. De las noches con la luz sobre el libro. De los dedos que teclean miles de teclas cada día. No quiero dejar caer el micrófono ahora y salir del escenario. Quiero volver a deshacer el mecano, el puzle y los legos para volver a hacer cosas otra vez. Tal vez mezclando todo, a ver qué sale. En otros países. En otros continentes. En otros lugares si toca. Pero también en casa. En mi querido Madrid al que añoro cada día que paso fuera. Jugar con piezas nuevas. Con nuevos juguetes.
La vida me ha dado mucho. Lazos fuertes. Fuertes uniones que he construido como las enredaderas, que es difícil saber donde están las raíces, por lo mucho que viajan, la cantidad de conexiones que hacen en su vida, pero si alguna se rompe, poder seguir descubriendo mundo. Ellas sí que se adaptan al mundo bien. Así es mi vida. Un desorden creciente de caos conectado por muchos rincones del mundo que me permite seguir creciendo. Un equilibro inestable de rutinas desordenadas que cuadran, sólo en mi cabeza, el puzle del tiempo en los minutos del reloj de mi día a día. Un día a día que construyen años. Muchos. 51.
Pero… sí que siento que esto, como los buenos conciertos, tiene que llegar a su fin en algún momento. Y antes quiero hacer balance. Quiero sentarme con calma y volcar en letras las cosas que no me he contado. Las emociones que he vivido. Las aventuras que me llevo en la piel. No creo que deje que sean para todo el mundo, pero serán para mí. Quiero volver a vivir muchas cosas de las que he vivido en mi cabeza. Volver a disfrutar de las emociones que tuve en cada uno de los momentos que han quedados en mi vida. Saborear cosas que por la velocidad de mi vida no me ha dado tiempo a analizar, saborear o disfrutar todo lo que debería. Es un deseo que tengo y una promesa que me he hecho. Contarme mi vida, volcando la visión que tenía entonces, con la visión al final de la serie.
Por lo demás, nada más. Gracias por los mensajes recibidos, y gracias por venir a leer mi blog todos los días, sois parte de mí, de mi vida, de mis regalos.
¡Saludos Malignos!
Autor: Chema Alonso (Contactar con Chema Alonso)





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